La famosa frase “El trabajo es salud” parece haber pasado a mejor vida. El absentismo laboral en España se incrementó en 2017 un 11% respecto a 2016, lo que implicó un gasto en términos de prestaciones económicas de la Seguridad Social equivalente a 6.614,46 millones de euros. A esta cantidad hay que añadirle el impacto directo que dichas bajas laborales produjeron a las empresas, estimado en 6.273,99 millones de euros, y el coste de oportunidad perdida (bienes y servicios que dejaron de producirse) que ascendió a 63.863,20 millones de euros. En resumen, el coste total del absentismo en España en 2017 alcanzó los 76.751,65 millones de euros.

Por si estos datos no fueran lo bastante contundentes, un 59% de los trabajadores afirma que siente estrés en su puesto de trabajo, generalmente asociado a problemas de salud física o psíquica, falta de motivación o imposibilidad de conciliación.

Dejando de lado el debate sobre si resulta productivo seguir manteniendo jornadas presenciales de 40 horas semanales en pleno siglo veintiuno, también cabe preguntarse si nuestro cerebro y nuestro cuerpo están preparados para rendir durante ese tiempo a medio y largo plazo. Por eso hemos querido preguntar a dos expertos al respecto.

Para Luis Maicas, Gestor de Proyectos de la Escuela de Sanidad y Salud de MasterD y doctorando en Investigación Sociosanitaria en la UCLM la respuesta es clara:

“Depende. En función del trabajo a desempeñar, nuestra musculatura sufrirá un determinado desgaste. No es lo mismo trabajar 8 horas al día en una empresa de mudanzas realizando carga y descarga de objetos pesados que trabajar en un despacho 8 horas sentado en una silla delante de un ordenador. La demanda según el tipo de trabajo es diferente, sin embargo, muchas personas acaban su trabajo de oficina de 8 horas agotados, tanto a nivel físico como mental. Esto se debe en gran medida al estrés crónico, o Bournout, la enfermedad silenciosa del S.XXI.

“Podemos entender el término estrés como cualquier demanda ambiental, social o interna que requiere un reajuste de los patrones de comportamiento habituales, un estado fisiológico de excitación física o emocional que, a menudo, pero no siempre, resulta de una percepción de estrés o demanda”.

“Brown and Harris ya explicaban en 1978, como a medida que se acumulan los estresores, las capacidades para hacer frente o reajustarse pueden ser sobrepasadas, disminuyendo los recursos físicos y psicológicos, a favor de aumentar la probabilidad de enfermedad y los trastornos”.

“Todos estos datos nos reafirman en la idea de que un trabajador debería prepararse para afrontar 40 horas de trabajo, en un doble sentido: A nivel físico con un entrenamiento adaptado a sus necesidades. Y a nivel psicológico o de reducción del estrés. El trabajo de Desarrollo de Competencias Profesionales a través de la Actividad Física es fundamental para la prevención de bajas laborales en el trabajo. Está demostrado que la práctica deportiva de manera habitual favorece la oxigenación cerebral, lo que nos ayuda a una toma de decisiones y nos proporciona una apertura mental mayor; además produce una liberación de endorfinas que actúan sobre los receptores del dolor en el cerebro, produciendo un efecto analgésico, lo que nos genera sensaciones de bienestar y optimismo ”.

Y si todo esto nos ocurre a nivel físico ¿Qué ocurre con nuestro cerebro?

Para Mara Aznar, Psicóloga clínica y coautora del libro Deja de intentar cambiar “Muchos de nosotros venimos de un entorno estático, donde tanto educación como vida profesional se desenvolvían en jornadas de ocho horas, una mesa y una silla. Así hemos crecido y nos hemos desarrollado y, de una manera u otra, hemos sobrevivido, la gran mayoría adaptándonos a un sistema que no iba con nuestra manera natural de estar en el mundo. y lo más importante, viendo capadas nuestras verdaderas habilidades. Disciplina, constancia, perseverancia, esfuerzo y sacrificio son términos que resuenan en nuestras cabezas como valores que ha de tener aquel que quiere llegar a lo más alto. Pero todo eso ha cambiado, existe un nuevo paradigma social, lo curioso es que es igual o más exigente, veamos por qué: Vivimos en el cambio constante, lo que valía hace unas horas ya no vale en este instante. Eso nos mantiene conectados 24/7 y el mundo personal y profesional se mimetizan en un mismo entorno que los hace inseparables.

“La inmediatez se apropia de la exigencia, por tanto la competencia aumenta. Seres inconformistas, ahora peleamos por ganar experiencias. Los cerebros de los millenial junior nacidos en la era digital vienen por defecto con estas necesidades y es su entorno natural, pero todos los anteriores hemos tenido que adaptarnos a este constante cambio. Existen diferentes maneras de adaptación y “a la fuerza” ya no es una de ellas. Podemos entrenar nuestro cerebro de manera que no sufra unas consecuencias y por supuesto no sienta que va contra su naturaleza ¿Cómo? Conocer nuestros rasgos de personalidad y saber cuál es nuestra predisposición genética ,hará que cada uno pueda escoger su forma de desarrollarse, pudiendo elegir el entorno laboral más favorable, como ha de distribuir su tiempo y cuál es su estilo de aprendizaje. Así si podrá rendir al máximo y llegar al verdadero éxito”.

“El cerebro posee una gran plasticidad. No todos necesitamos 40 horas semanales para llegar a los mismos objetivos. Gracias a los avances neurociéntíficos cada vez estamos más cerca de instaurar nuevas formas que nos aproximan a la meta por diferentes vías y no existe una vía mejor que otra, existe la que es tuya, que es la que no deberíamos cambiar”.

Por tanto, parece que ha llegado el momento de replantearse seriamente el modelo productivo, sobre todo si queremos incorporar con éxito a las nuevas generaciones al mercado laboral y mantener sano y activo el talento maduro. Recordemos la cifra que dábamos al principio: 76.751,65 millones de euros perdidos pueden ser un buen inicio para invertir en productividad ligada a la salud física y mental de los equipos de trabajo.

Irene R. Aseijas – LiveNmore